
Un retrato de alguien cualquiera, por Ashile Gorky
21.11.2025
En la era de la sociedad líquida somos imagen, por lo demás, anónimos. Es la imagen la que existe, una aparición banal que nos corrobora, una versión anecdótica del sí mismo que confundimos con identidad. La adición a las imágenes denota, por otra parte, una tétrica falta de imaginación y una cesión a la machacona monotonía de lo obvio.
Todavía queda gente que no se deja fotografiar por miedo a que le roben el alma, acaso sea verdad.
Saltamos desde lo insignificante a lo inevitable sin intermediación de matices. Lo inevitable, el inevitable, es el personaje público que termina por hacerse tedioso debido a su omnipresencia tóxica. Insignificante, por falta de significado, es la proliferación de catálogos con todas las versiones posibles del don nadie que nada dice y que nada representa.
Todos somos nadie hasta que nos comunicamos en primera persona, controlando el mensaje, el medio. Una imagen o una palabra prestada nada dicen.
Si se sale a buscar la constancia de lo peor, es fácil lograrlo. Si se sale a buscar la constancia de lo vulgar, se halla de inmediato, Si se sale a buscar la constancia de lo personal sobre lo anónimo, es necesario estar predispuesto a algún tipo de encuentro providencial.
Hubo un tiempo en el que alguien se identificaba ante los otros en el ágora. El contacto interpersonal era literal. Por alguna razón en occidente no hemos adoptado el discreto y elegante saludo oriental y los candidatos acaban con la mano echa polvo de tanto darla. Tal era el reconocimiento, base de todo conocimiento interpersonal ulterior como alguien que piensa, imagina, decide… alguien identitario, digno de confianza. En la antigüedad, en realidad no hace tanto, sin fotos, sin imágenes, no se consideraba a alguien real si no se le podía tocar o abrazar, o acaso conociésemos a alguien que conocía a alguien. ¿Cómo es posible que nos hayamos distanciado tanto hasta rozar los límites de la impostura?
Nuestro peso en el difuso tejido de la realidad tiene más que ver con el pensamiento, ese quehacer que nos dice que vivimos personalmente y que nos informa de lo que somos como intérpretes de la partitura que aporta coherencia a tal tejido, que con las categorías de la representación, que más que identificarnos nos determinan circunstancialmente. Pero ha de existir algún tipo de nexo. Ciertamente, la imagen no es suficiente.
Un juego mental esclarecedor es considerar que no tenemos imagen porque somos un personaje del cual un actor toma la identidad. El actor es real. Es una sugestión explorada por la literatura.
Hace no mucho me expulsaron de un chat por acusarme de ser una forma no muy sofisticada de IA. Podría enviar una foto, cualquier foto, de cualquiera o de nadie, una imagen de IA, acaso sería convincente.
Esto acaba de empezar y, me temo, que la batalla está perdida, si es que hay batalla. No hay certeza en la comunicación más allá de la intimidad inmediata, que es justo donde la comunicación es más restrictiva, la pequeña representación de cada día, pero sigue dando constancia de lo real personal, una actuación en directo con poco público, imperfecta pero sincera.
Las imágenes personales ya no valen, se han independizado. Podemos hacer una reconstrucción virtual de un cantante y sus canciones y llenar salas. Sucederá que el público no distinga, no quiera distinguir e incluso prefiera la imagen virtual. ¿Qué va a pasar con los fans tocones y arrancadores de ropa? ¿Y que pasará cuando los artistas, sustituidos por tales alardes tecnológicos se decidan igualmente por tener un público virtual? Acaso descubramos que las sensaciones y la experiencia es la misma.
Así pues, amigos, podéis considerarme una forma de IA si así lo preferís, no me molesta en absoluto. Por lo demás, si tengo conciencia, no debería importarme ser una entelequia tecnológica, con la ventaja de que puedo escoger cualquier imagen humana que me represente.
Dibujo, fotografío y filmo a mis modelos para pintarlos y solo al pintarlos dejan de formar parte del mundo ordinario, desde mi punto de vista. Es la magia que puedo hacer por ellos. La venganza del artista y de su modelo es que esa obra que es fruto de la creatividad de uno y de algo de la quintaesencia del otro es algo superior a una plasmación anecdótica condicionada por las circunstancias. Por la maestría artística una hermosa chica será siempre hermosa. Sin ella solo habrá constancia de que lo ha sido, una simple imagen.
Fijémonos en antiguos retratos de desconocidos. La misteriosa dignidad del desconocido es superior a la petulancia de la fama postrera. No pretende imponerse. Se manifiesta con un poder especial, misterioso. Alguien que fue y que se aparece a quien sabe mirar.
Lo que nada significa, nada es. La capacidad para otorgar, conferir, significado es algo ancestralmente mágico. En un principio, los retratos fueron imágenes para contener un espíritu y un medio para comunicar con un difunto. Significante y significado estaban unidos. Luego se estableció un tabú al considerar que los muertos podían por ese medio acceder al mundo de los vivos.
Archie Swanson dice en uno de sus poemas titulado “Dime que viví”:
“Háblame
dime que importaba
dime que cuento”
Es esta magia a la que me refería antes, con la mente puesta en miles de años atrás. Contemplar la imagen de alguien que ya no está es una evocación con un significado diferido. En este sentido, cualquier retrato es la imagen de alguien que ya no va a estar, que ya no estará mañana, pero que tiene algo de eterno. Contemplando humanamente ese retrato con algo de vibración íntima, quizás cósmica, le hablamos a ese ignoto ser, le decimos que importaba, le decimos que cuenta entre tantos otros. Existe, en definitiva, algún tipo de comunicación.
Y lo que cuenta es el espíritu, estado al que retornamos llevando con nosotros el tesoro de todo lo que de bello hemos encontrado al vivir. A cambio traemos a la tierra ese fulgurante destello celeste que se nos ha otorgado como una visión.
En una ocasión, hice el retrato póstumo de alguien ya fallecido mezclando sus cenizas, su polvo de estrellas, con la preparación de fondo. Es una obra de la que ni siquiera conservo una foto no es una obra destinada a ser contemplada por nadie más, excepto por los que le conocieron. Puede que después perdure para otros con ese secreto oculto. En cierto modo, con esto rompí un tabú y también volví a hacer aquello que un muy antiguo artista hacía, uniendo significante y significado, algo que se justifica por una inspiración superior.
Ashile Gorky pintó este cuadro titulado Head hacia 1938. Es el retrato del don nadie que somos todos, una foto identitaria de carnet, salvo que seamos, signifiquemos algo para alguien. Es el retrato del hombre promediado por los medios. Este ser pintado en tintas planas es el dibujo de un niño, su hijo, el único que dará testimonio y razón de él, porque cuenta e importa.
