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Un autorretrato de Capuletti

Un autorretrato de Capuletti

12.12.2025

 

Este autorretrato de Capuletti, pintado en 1968, es un cuadro dentro del cuadro. El pintor pinta el mismo lienzo que contemplamos, estamos detrás del espejo y le vemos pintar a su modelo tal y como aparece al fondo. Utiliza el truco de la inversión de plano: lo que contempla el pintor se representa detrás. Se trata de un juego de paradojas especulares: la modelo contempla al pintor al pintarse y aparece posando en el mismo cuadro; el pintor pinta a su modelo en ese mismo cuadro en el que ella aparece mientras contempla la escena desde fuera y desde dentro. La realidad está para ser subvertida. Esto, aparte de ser un medio sofisma, es una manera de expresar que estamos llamados a cambiar algo imaginativamente en ella para entenderla mejor, pasando de lo ignoto a lo parcialmente inteligible.

Moverse en un espacio, medir con los pasos, extender la mano hasta el límite de un muro, mirar alrededor, memorizar todo eso en una representación mental y volver a mirar luego es algo que produce una gran satisfacción, no solo a los arquitectos. Se ponen en juego tres dimensiones cartesianas más la dimensión temporal, lo que para los pitagóricos se codifica en el número cuatro: un espacio-tiempo. Parece que hemos entrado en la dimensión física constatable, medible, hasta que encontramos un espejo colgado en una pared, el cual sirve en primer lugar para saber, en caso de reflejarnos en él, si estamos vivos, ya que en caso contrario es que somos unos fantasmas. Pero también nos devuelve al mundo de las paradojas propio del espacio pictórico, que ofrece la posibilidad de engañar a los sentidos o suplantar los estímulos naturales que llegan al cerebro sin que este se aperciba o sin que le importe -al estar aparentemente de acuerdo con la dinámica inestable, aunque lineal, de la existencia- pero adoptando, un punto de vista estático y panorámico. Detenerse para mirar, no simplemente para ver, implica en cierto modo reconocer que hay una escena ahí afuera inteligentemente dispuesta y dirigida a nuestra experiencia subjetiva.

El hombre comenzó a medir y a calcular las dimensiones de su realidad inmediata sustrayéndose a tal realidad especial o local en demanda de una general que se proyecta al interior de la mente, ya no de modo sensorial sino matemático, de acuerdo con modelos abstractos que luego se vuelven a traducir sensorialmente, imaginativamente. Es inteligible lo que se transforma en un sistema ordenado, es la raíz de la misma ciencia. El cerebro no es solo una estructura extremadamente compleja desarrollada por la evolución en una especie como factor decisivo para su supervivencia, sino el órgano de cálculo o uno de los órganos de cálculo, de la misma naturaleza. Forma parte de un plan general, no es solo un resultado específico y, desde luego, nunca azaroso. Debemos entender lo que esto supone, hay implícita una buena parte de lo que significamos en este juego.

Sin un espejo parece que somos solo manos. Durante la mayor parte de nuestra historia solo hemos contado con espejos imperfectos que nos devolvían una imagen extraña y otros nos han dicho como somos, a veces nos han retratado, por lo demás, crecemos, jugamos, trabajamos, envejecemos con nuestras manos por delante, reconocemos, medimos, transformamos. Esas manos ante nosotros es lo primero y lo último que veremos. Dan forma a lo imaginado y nos ponen en contacto con lo que quiera que sea real. Parece que un artista sea todo mirar y manos, y se ve sorprendido al tener rostro, con esos ojos inquisitivos, un tanto impertinentes, demasiado impertinentes, tanto que hasta se toman la libertad de apoderarse de todo como si fuera suyo.

Capuletti admiraba a Dalí, al que consideraba uno de sus maestros, además de aquellos que en el renacimiento lograron representar la perspectiva del infinito. Dalí aparece autorretratado en una obra titulada “Impresiones de África”, pintado en 1938, con la mano extendida jugando con la inversión de plano. La mano está midiendo y, al mismo tiempo parece defenderse de la inmensidad, de la perspectiva del infinito. En esa obra, Dalí avanza con su mano hacia un límite paradójico desde donde vemos el cuadro, pero para el artista es el borde del universo. Lo visible, lo sensorial quedan atrás. Extiende su mano hacia una superficie que refleja todo eso y la atraviesa, no puede avanzar más allá con el resto de su naturaleza a cuestas, pero su mano está conectada con los sentidos y la razón. Tantea, mide, obtiene una imagen mental que representar de ese más allá, tanto abstracta como metafórica, con posibilidad de abrirse a la comunicación, al entendimiento común, algo que ya es en sí mismo bastante milagroso. Detiene con ese gesto el fluir incesante de nuestra realidad para mirar en otra dirección.

Probablemente, amigos, hayáis notado que, en ocasiones la experiencia cotidiana os devuelve ecos de lo que pensáis y soñáis y sabéis que no es azar, estáis ante ese límite especular de la realidad común y un límite entre lo sugerido e incierto que se puede trascender tanteando, extendiendo la mano más allá, como hacia una puerta oculta cuyo cerrojo, como ladrones hábiles, abriréis desde detrás, franquearéis luego el límite por esa puerta, abriréis vuestra existencia y la de todos a otra dimensión. ¿Qué o quienes nos esperan allí?

 

 

 

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