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Sodoma y Gomorra

Sodoma y Gomorra

02.02.2026

 

Esta instalación de Pedro G. Romero, titulada Sodoma y Gomorra, de 1989, nos hace reflexionar sobre como la historia se va reduciendo a un documento arqueológico cuando no queda nadie de los que allí fueron y estuvieron para narrarla y, mucho menos, para juzgarla. Y nosotros, los que vivimos luego, difícilmente podemos juzgar.

En uno de los paneles aparece el típico hongo nuclear y al otro una silueta desvaída que evoca las sombras que dejaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki cerca del punto cero de las detonaciones, de lo que hasta entonces habían sido seres vivos. Una instantánea final, un registro o fe de la vida que fue. ¿Quiénes eran? ¿Importa? Simplemente tuvieron la desgracia de pasar por allí o de estar allí, de haber vivido allí. Hay una remota similitud en los negativos de personas sepultadas en ceniza que el Vesubio nos dejó en Pompeya, pero aquello no fue a causa de una guerra, fue a causa de la naturaleza. Las guerras son consecuencia de la naturaleza humana, de lo que ha hecho de la especie lo que es, un observador lo suficientemente alejado no distinguiría la voluntad humana del sino de la especie.

Hay algo heroico, de trágico y de paradójico en el intento de ir más allá de las expectativas humanas naturales para encontrar una razón que nos justifique y nos salve, por ello imaginamos un pecado para lo primero y una providencia para lo segundo.

Sodoma y Gomorra, unas antiquísimas Pompeyas, fueron castigadas por sus pecados. Es de suponer que los virtuosos escapan a tal destino, por serlo. Pero en Hirosima y Nagasaki fueron castigados los inocentes mientras los virtuosos vencedores volaban alrededor filmando como ardían. Luego, los hibakusha fueron tratados como apestados. Esto nos revela algo de nuestra profunda y sombría psique y de cómo se construye la lógica de la razón moral: ante la duda, ante la urgencia no hay castigo sin culpabilidad en ausencia de una razón objetiva. También pasó en Auchwitz, y si los verdugos hubieran ganado la guerra, contarían ahora con la correspondiente razón moral para justificarse. El juicio certero se retrasa demasiado. Llega siempre tarde

Nos hacemos la ilusión de que no podemos ser tan desdichados como para desaparecer sin alguna razón, el rechazo a ese azar nos lleva a impostar algún logos hipotético o tan remoto que se confunde con el destino o la fatalidad, y una razón moral en la que apoyarnos. Es un ejercicio de humanidad no contrastable o verificable en la naturaleza: en la naturaleza no sobreviven los mejores, solo sobreviven los que sobreviven y los que sobreviven son mejores. ¿Qué es lo que da fuerza a los hechos? ¿Solo una justificación posterior?

No hay razón moral en ninguna parte más allá de la conciencia personal que dirige nuestras decisiones en un sentido o en otro, tampoco hay premios o castigos implícitos. Un logos finalista que, al menos teóricamente, rige la virtud es incompatible con cualquier forma de libertad. Elegir el bien es casi siempre escoger el partido de los virtuosos, los vencedores dentro de un paradigma y que tienen ocasión de demostrarlo con hechos, aunque sea provisionalmente.  No tiene sentido para un hombre solo arrojado a la naturaleza y que ha de sobrevivir, aunque en este caso difícilmente se puede hablar de escoger o de elegir. Hay muchos entre nosotros, aunque parezca extraño, que escogen tal estado como un último acto libre. En sociedad -donde nace la libertad pública y la individual- es, más bien, fruto de algún tipo de coacción, manipulación moral o de amenaza que subordina o ajusta el beneficio individual al común, aunque el beneficio común no equivale al bien general, algo que está asumido, de ahí que haya que buscar enemigos a toda costa, enemigos que si lo son del bien general y que actúan como aglutinante por defecto.  Por otra parte, aquellos que luego defienden la existencia de un destino providencial, pretenden superar la necesidad del miedo como contrario a la posibilidad del ejercicio de cualquier tipo de virtud.

Para encontrar una luz en esta tiniebla, o, al menos, en tal laberinto, debemos buscar lo que nos justifica personalmente en nuestro interior y lo que nos lleva a ello, esa razón de ser es un don, no puede ser otra cosa, algo que nos remonta a nuestro propio origen con independencia de cualquier otro ser, en nuestro propio origen debe estar la causa, no solo individual, sino universal. Somos el fruto de algún tipo de libertad suprema y podemos ser consecuentes con ello para lograr alguna forma de armonía posible en la parte que nos toca y, consiguientemente, un bien general. Desde luego esto lleva aparejado el principio metafísico, o teológico, de la creación perpetua.

La consecuencia positiva para lo que quiera que sea nuestro camino o vía, es la apertura de un abanico de posibilidades infinitas y la ocasión de descubrir en tal inmensidad un equilibrio optimo compatible con lo posible dentro de un límite, es decir, compatible con nuestra existencia. El infinito está aquí mismo. Por el contrario, el uso y abuso retórico y metódico de la virtud como justificación conduce al camino lineal del nunca llegar, a vernos atrapados en un bucle de acción reacción y, ante todo, a ese sentirnos más abrumados por lo que está mal que admirados por lo que está bien, dado que perdemos la sensibilidad para descubrirlo.

Amigos, no sólo somos guerreros ni podemos luchar siempre. Si nos forjamos en hierro no volveremos a ser de carne. El juicio final es esa contienda última de seres virtuosos porfiados que creen que la vida es tan dura como ellos mismos. Cuanto más duros nos volvamos, más duros serán los golpes que recibiremos hasta llegar al último. Entonces habremos dejado de ser humanos y dará todo igual. Esto ocurre cuando el ejercicio de las virtudes excede al descubrimiento de los dones que nos permiten acceder a una armonía superior en la que lo contrario se unifica, acaso inesperadamente.

No sabemos por qué luchamos, nadie lo sabe. La contienda viene dada, es sólo consecuencia del existir, pero tenemos la capacidad de mirar por encima a la par.

 

 

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