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Retrato en la sombra

Retrato en la sombra

24.01.2026

 

Retrato al contraluz

Cuando viajé a Irlanda por primera vez, en pleno verano, me parecía que faltaba la luz. Al volver en otras ocasiones, he apreciado un paisaje que destella de infinitos colores con el resplandor incierto de un sol tranquilo que se toma su tiempo cada día para terminar de nacer o terminar de ponerse. Se le puede ver con frecuencia en el velado cielo, como un disco pálido.

Un pintor nórdico que baje al trópico, incluso al mediterráneo (el sol del mediterráneo está entre uno y otro entre el horizonte y el cénit), podría pintar un sol negro como hizo Nolde, iluminando un paisaje extrañamente oscuro, como visto a través de un vidrio denso. Sus ojos tardarán en acostumbrarse a su modo, como los del pintor del sur que viaja al norte, aunque en clave diferente. El sol de África es un centro oscuro, invisible, que irradia. Surge del horizonte, rojo, y muy poco después ya deslumbra y hay que bajar la mirada casi servilmente, y se despide igual de rápido, quizás despachando un rayo verde desde el mar. El resto del tiempo es un foco invisible que esculpe las formas, la luz parece sólida en el exterior, cuando se abre paso a los interiores en penumbra, parece líquida.

El inclemente sol de África hace tiempo que ha rebasado el cénit, me da la espalda desde la ventana y desde el mar y proyecta mi propia sombra en el lienzo. No me gusta mucho enfrentarme a la perpetua provisionalidad de mi imagen, pero debo hacerlo.

Soy pintor porque busco, y a veces encuentro, la eternidad del presente. Cada cuadro es un perfecto presente, pero es difícil concentrarse en la acción misma, determinar el momento y el lugar en el que estar sencillamente atento, en el que todo está bien y hay equilibrio

Después de tanta obra, intento concentrarme en el mismo obrar como lo único que tengo en propiedad. El bien mirar o saber ver te vincula sutilmente con la forma de ser que eres, no lo que aparentas, porque no hay un juego de espejos para reconocerse. El reconocerse es reconciliarse con el tiempo que ha pasado por uno dejando su huella, para bien o para mal. Lo que queda es uno mismo, sin duda. No habrá tanto tiempo venidero como el transcurrido, por tanto, hay que prestar cada vez más atención.

Desde la indeterminación juvenil podemos proyectar todo lo posible al devenir postrero, pero esa postrimería luego solo admite unas pocas formas de concluir, todas predecibles, es el cálculo del final de partida. En cuanto al ganar o perder, diría que el ganar va siendo cuestión de una valoración intima y secreta de lo logrado, de ese haber navegado contra viento y marea, puesto que la fortuna ha demostrado ser más decisiva que la voluntad caprichosa de los dioses, ni tan favorables ni tan poderosos, y, en cuanto a la voluntad personal, tratándose de la de un pintor, cabe toda ella en la limitada superficie de un lienzo, como si fuera algo decisivo. Es un orden o un desorden con lógica al que se llega, por último. Dentro de un límite, es posible un ensayo del todo. No sabemos si tales esfuerzos nos cuestan la vida o nos cuestan la muerte, ni sabemos a quién benefician finalmente. Por lo demás, vida y obra quedarán inconclusas, como la sinfonía de Schubert. Mejor así.

Os incluyo un poema personal:

 

Soy Ulises Nadie, el cegador de Polifemo.

Luché en Troya con los héroes. Mas nadie lo cree.

Incluso yo he llegado a dudarlo.

Pero mis cicatrices duelen y me hablan.

No sé por qué fuimos a luchar, nadie lo sabe.

Nadie más queda a mi lado.

Soy marino, maestro del mar

porque construí mi barco,

las olas y los vientos no me llevan a capricho.

Nadie es mi dueño, yo, en cambio soy señor

de una pequeña isla, lugar bajo el sol al que retorno

siguiendo las estrellas, por rutas

que nadie más conoce.

 

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