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En torno a la Lapidación de San Esteban de San Juan de Boi

En torno a la Lapidación de San Esteban de San Juan de Boi

15.04.2026

 

Cada atardecer de cada día, los seres humanos nos hemos sentado a contemplar, pensar, recordar, a tejer alrededor un cosmos con lo conocido, lo desconocido, lo soñado, lo anhelado y lo que han susurrado y susurran los dioses, muy bajito, dejándonos hacer siempre.

Los artistas representamos ese cosmos y damos forma a lo divino en cada época. Con el paso del tiempo solo quedan las obras, las imágenes, el eco de las visiones. A veces, se puede ofrecer una explicación de aquellas ideas compartidas, la cosmovisión de un mundo pretérito. Pero esos objetos que quedan aquí y allá no están del todo muertos, no son inertes, conservan el latente poder de una fe olvidada, aunque pocos acceden a este misterio y son, casi siempre, los artistas de después, de otro tiempo. 

Picasso hizo su propio descubrimiento de la pintura románica y transformó el enigmático rostro de la virgen de Gósol, en 1906 en el de una señorita de Avignón. La historia del arte se reescribe como un palimpsesto, pero nunca sabremos nada del escultor que talló aquella virgen en el siglo XII.

Me identifico con esos artistas trotacaminos que pintaron, esculpieron y edificaron en el tiempo pensando en la eternidad, y dan ganas de preguntar por ellos a ese gran Dios que dejaron en los ábsides. Estarán en su libro de la vida. Pero no es necesario, el ser se manifiesta en el obrar y no tanto en el existir, al fin y al cabo.

También soy de los que encuentran maravillas asomando por los desconchones que el tiempo termina por abrir como un velo, para mis ojos en primer lugar. Es emocionante, tanto si se está en el bando de los que atesoran para sí o en el de los que creen que el arte se debe a todos. Es un modo tan maravilloso de pasar por la vida como el crear en sí. Aunque hay que pagar un tributo.

Es humano el intento de alcanzar la eternidad a través de las obras poniendo en juego un esfuerzo desproporcionado: trayendo piedras de lejos, comerciando para conseguir los pigmentos más raros, descubriendo las vibraciones que despiertan la mente y el corazón, las palabras que riman con el destino. De ello depende que la pobre vida en cada época merezca ser vivida y no se pueda reducir a supervivencia o servidumbre. Y los artistas mismos hacen una apuesta alocada al perfeccionar, a costa de lo que sea necesario, las habilidades para tales logros e invirtiendo la breve existencia en su realización.

Y no hay sociedad o cultura en la que esto no suceda o no haya sucedido, como decía, al menos hasta hoy cuando las obras de arte son solo productos que se imponen gracias al rebuscado márketing que agita la cultura de masas y la cosmovisión es aportada por la ciencia, la que solo sabe lo que conoce. Lo que queda es espectáculo y entretenimiento. El artista muere, de hambre y soledad, Nadie pagará para que sueñe, imagine y obre a menos que ello suponga beneficios. Si el artista quiere salvarse, debe recordar que siempre ha trabajado para los dioses, como el olvidado escultor de la virgen de Gósol. Los hombres son desagradecidos. Y si los dioses amables tampoco existen, el artista puede crearlos también sin que se note.

Cuando en ocasiones me han abierto la puerta chirriante de una sacristía, cripta o catacumba de alguna iglesia al borde de la ruina en un pueblo semidesierto, entre el polvo y la humedad, en el haz de la linterna han aparecido ante mí santos y vírgenes esculpidos, caídos de los altares hace mucho tiempo, mugrientos y mohosos, mirándome con unos ojos tristísimos y cada uno susurrando implorante: -“llévame contigo”-,como si estuviera en un refugio de mascotas para adopción. Así que imaginaros saliendo con uno de esos en brazos en lugar de un perrito que os chuperretea agradecido, todo a cambio de una donación monetaria seguramente más simbólica que generosa. Lo colocáis en el salón de casa y se impone un ambiente de sacralidad. Están más a gusto intermediando ante Dios en los hogares que en los museos, en los que no saben muy bien qué hacer con tanto público profano que los mira con más curiosidad que amor.

Y así los he visto alguna vez en tales salones eclesiales, cuyos dueños tendrían que dar explicaciones a algún agente encubierto más quisquilloso de lo debido, de los que aparecen en las subastas a fastidiar. Desde uno de tales salones, perteneciente a un catedrático de historia del arte me pregunté un día, hace tiempo, si las indiscretas arcadas y columnas románicas del patio interior eran auténticas o de imitación. No quise preguntar. Me quedé internamente anclado en un debate Palamós en formato mini. Ese mismo catedrático tenía una habitación llena con carpetas y portafolios de apuntes que sus ex alumnos, profesores, arquitectos, artistas plásticos, restauradores etc, le remitían cuando encontraban trabajo. Era otra época, yo era muy joven y no entendía el sentido de tal ceremonial de exvotos. Hoy me decanto por la ironía fina considerando que muchos altos docentes acumulan tal cantidad de manías personales que se transforman en sí mismos en un interesante motivo de estudio socioantropológico, o zoológico en el caso de no jubilarse a tiempo.  

Y es que los naufragios y derelictos del patrimonio monumental rural en lugares como Castilla, hasta no hace tanto, eran un secreto coto de caza de cultivados ráqueros o hermanitos de la costa, pero de interior, ante la desconsolada aquiescencia de párrocos tan tristes como las imágenes traficadas a cambio de necesarios dineros.

 Y es en esos cotos en los que Eric el Belga y otros menos conocidos han bregado, ya lo decía en la entrada anterior, y los lugareños los tenían un poco como bandoleros románticos, antes de aprender a valorar lo que perdían. La desidia de las autoridades y la indiferencia del común y el ejemplo de algún que otro catedrático, daba alas a los montaraces amigos del arte. Los estudiosos aislados proferían un clamor en el desierto hasta que intervinieron organizaciones y fundaciones independientes.

 

Los frescos de St. Mª de Mur, Lleida, fueron vendidos en 1919 y trasladados al museo de Boston. Detrás del fiasco estaba el esbirro de León Levi: Gabriel Dereppe, Franco Stefannoni, el especialista en el strappo y la multitud de facilitadores legales necesarios a cambio de su parte del botín. Recientemente, la obra se ha mapeado y ahora se puede visitar la preciosa iglesia fortaleza sin que la mirada perciba un desolador vacío en el trasaltar.

Pero los rescatadores ya habían entrado en acción: eran los heroicos Joséph Pijoan, fundador de la Summa Artis, Joseph Puig i Cadafach, presidente de la Junta de Museos y Joaquín Folch i Torres, director del Museo Arqueológico de Cataluña y creadores todos ellos del Museo de Arte de Cataluña. Por encima de ellos volaba e inspiraba el espíritu de Francisco Giner de los Ríos y de su Institución Libre de Enseñanza. Fue el despertar.

Desde el año 1906, año en el que Picasso reeditó el Arte Románico en sus Señoritas, el trío de hombres monumento se dedicó a salvar y a reunir obras de arte medieval en Cataluña por las buenas o por las malas, en una carrera con los piratas expoliadores y aprendiendo de paso sus mismos métodos. Habida cuenta de que la ley no servía y de que su exiguo presupuesto daba para poco, se imponía engañar, amenazar y robar cuando era necesario y, en último término, llegar a algún acuerdo con los malos. Todo por la causa.

Entraron, pues, nuestros hombres en acción sin molestarse lo más mínimo en pantomimas. Lo que en arqueología se denomina “actuar a conveniencia” que es lo que hace Indie, pistola en ristre, despachando a follones y malandrines por el bien del legado de la humanidad y de la ciencia. Esto es más común de lo que parece, aunque sin llegar a tales extremos y más que con malvados hay que vérselas con imbéciles engolados y encaramados académicamente por efecto de la ley de Peter. Y sí, yo también he actuado a conveniencia, me adelanto a vuestra pregunta. Lo que aporto de original a estas lides es que veo el arte de las dos maneras: como artista y como rescatador. Cuento con buenos maestros.

Podemos utilizar nuestra imaginación para visionar en versión peliculera a D. Joseph y a D. Joaquím en una mesa con Stefannoni en plan poli bueno poli malo, el italiano con los ojos muy abiertos sin tener muy clara su situación legal y su futuro. Un trato económico muy conveniente le convenció por último a cambiar de bando. Levi y Dereppe perdieron al técnico.

Si sois almas sensibles, evitad ver vídeos del strappo en acción, por mucho que intervengan manos expertas. Acaso las neuronas espejo os hagan sentir como un hombre hirsuto pasándolas canutas al depilarse a la cera. Se trata de utilizar distinto tipo de adhesivos para arrancar un fresco de su lugar original en un lienzo y adherirlo a otro soporte en el interior de un museo, despegándolo de la pared original. La teoría es muy bonita, en la práctica, cuando la cosa no va como debe, se tira de escoplo y finalmente se puede perder hasta un veinte por ciento del fresco original. Gracias a la fotografía, pintores hábiles completan lo que se ha perdido ya en el lugar definitivo, así que en puridad se trata de una re creación o interpretación. Es por esta razón que el strappo hoy se deja como último recurso. Pero era urgente entonces a costa de lo que fuera privar de presa a los pájaros que ya habían puesto el ojo en el Valle del Boi antes de que encontraran a otro técnico.

Don Joseph, Don Joaquim y Steffannoni, sin remilgo alguno dejaron a las gentes del maravilloso valle sin sus igualmente maravillosas pinturas. Pero siempre hay vargallosianos perfectos idiotas de lo políticamente correcto que se rasgan las vestiduras porque las pinturas se encuentren en un museo, haciendo gala de una prodigiosa moralidad retroactiva, y que no pueden entender que aquello que pudo ser de otro modo, no fue sino del modo que fue y siempre del modo en que fue posible. Y en relación a los museos, diré que temo mucho por su futuro, dado los tiempos que corren de guerra cultural ideológica y de negocietes de parque temático-espectaculo para masas. Fueron creados como uno de los bastiones del ciudadano libre, ese que insiste en creer que la única patria es la humanidad, la Gran Tribu, al igual que las bibliotecas públicas, con la misión de preservar los tesoros del tiempo no importa donde, pero siempre para los de hoy y mañana, sin fronteras. Discutiremos el tema delante de los mármoles Elgin en el British en una, de nuevo vargallosiana plática de interior de catedral.

Entremos ahora en ese mismo Museo de Arte de Cataluña, peregrinemos luego al Valle del Boi, a la iglesita de San Juan de Boi, concretamente para entender una obra extraordinaria: la Lapidación de San Esteban.

Se sigue confundiendo con frecuencia, al contemplar una pintura románica, el esquematismo simplificador con una búsqueda de una expresión sintética capaz de aunar en la misma escena la esencia de algo a modo de concepto, el cual se obtiene por exclusión de lo anecdótico y, a la vez, una idea. Una forma abstraída. Para el maestro de San Juan de Boi, el concepto a representar es la suma de todas las lapidaciones por encima de la historia y del tiempo, y la idea es el martirio. Todo esto ocurre en un plano superior, en la eternidad. Alguien padece en nombre de algo superior y trasciende lo terreno apoyándose en un poder divino.

Valor, odio, resignación, coraje: el lapidado y los lapidadores se parecen. El mensaje es que somos potencialmente ambos. San Esteban sufre por la verdad que se le ha entregado, parece que Dios se la dispara fatalmente, no se sabe quién es más mortífero para el pobre mártir. Los que renuncian a ella viven en la negación y reaccionan lapidando a los que obedecen la llamada al ascenso. Parece una acción leve, como un juego: más que piedras diríase que llueven sobre el santo pastelitos de crema. Quizás el maestro, notando la falta de un mayor patetismo, decidió después pintar un hilo de sangre en la boca del mártir mientras que los lapidadores se disponen a lanzarle hogazas payesas de mayor contundencia. El santo levanta dos maravillosas manos, de las más perfectas creadas por un pintor románico, teóricamente infantil, Con prodigiosa expresividad preguntan ¿por qué? No necesariamente al cielo, quizás a nosotros, los que contemplamos tal escena.

Hagamos, como Picasso, de la tradición, vanguardia, aunque en otro sentido. Miremos esta obra con los ojos de un traumatizado hombre del siglo XXI, tan preocupado como sus antepasados medievales por el fin del mundo y sus prolegómenos, y entre ellos el fin de la libertad, el fin de la lucidez, el predominio de la fealdad.

Aquí se representa, más allá del significado religioso, lo que arriesga el que lucha contra la ignorancia, el engaño, la indiferencia, el olvido, por la justicia y la causa de la libertad. Los mártires que han sido, son y serán, porque esta lucha es perpetua.

Es un enemigo del pueblo el que hace que el pueblo sea pueblo, a pesar del mismo pueblo. Periodista, escritor, artista, profesor, simple ciudadano, ese hombre, mujer libre que dice una verdad públicamente acallada con la muerte física o la condena al ostracismo. Porque ellos, los otros, no quieren razonar, solo quieren tener razón; ellos no quieren justicia, solo quieren venganza; ellos no quieren saber; solo quieren creer. Finalmente, ellos no buscan ni defienden la libertad, solo su pan.

Pero los que venden su libertad por pan, perderán pan y libertad. Ellos, la mayor parte, serán los engañados casi todo el tiempo, ya que vale tanto el voto del necio como el del esclarecido. De la noche a la mañana se verán encadenados y sabrán qué es, que fue, esa libertad ignorada cuando la pierdan. Ellos, los que nunca saben lo que hacen, porque siempre hay inocentes, esos ingenuos que se creen aún inocentes, que tiran la primera piedra. Los demás les siguen.

El verdadero pueblo es el de los hombres libres que vienen del pueblo. Un día se les llamó justos.

Cada uno de ellos supone la diferencia.

Los libros, las obras de arte, los monumentos, los tesoros del tiempo que manifiestan formas de ser, pensar, existir que a veces no comprendemos pero que nos han hecho ser lo que somos, pueden inclinar el delicado fiel de la balanza que también marca la diferencia a favor de los libres y, acaso, también la diferencia entre el ser o no ser de la humanidad misma.

 

P.S.: El límite de no retorno en el que el simio terrible se transforma en atroz, en el que su naturaleza violenta alimenta una crueldad ciega tiene mucho que ver con alguna fe que distingue a unos de otros. Todos a las ordenes de una razón superior y buscando la razón del mal en un enemigo. Por ello ocurre que de entre los que hoy se lapidan saldrán los lapidadores de mañana. Consideremos con calma, para evitar en lo posible estos cambios de tornas que hay una bala ya cargada con nuestro nombre y que casi todos caemos con poca o ninguna gloria, ni inocentes ni mártires y que también disparamos y matamos. Conviene que nos reservemos la última o las dos últimas de nuestras balas, ya que a la primera es difícil acertar, antes de que nos cojan vivos. Dejaremos, además, vivir a algún otro. Supongo que por esto dan puntos. Por lo menos, nos enterrarán con las botas puestas. También es buena idea llevar encima un par de gominolas por la misma razón.

Somos así de salvajes porque somos libres. No dejemos que nos domestiquen, los hombres domesticados se vuelven crueles.

A continuación, una historia de camellos.

 

 

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