
Autorretrato de Durero niño
06.01.2026
La infancia es un invento reciente. Schumann, Brahms, Tchaikovsky y otros compositores describen a los niños musicalmente ensimismados en su juego, encarnando el alma de la creación artística. Es por ello que la infancia, tal y como la entendemos, parece una idealización del romanticismo que marca distancias con cierta interpretación rígida, afectadamente virtuosa, o vil, de la madurez. La arquitectura de nuestra psique se apoya en la fragilidad de lo que imaginamos posible un día mágico, ya que, aunque hemos sido niños, no todos llegamos a viejos, ni siquiera a adultos y eso supone ir agotando todas las posibilidades, con ellas todos los sueños.
Sin mañana, idealizamos el ayer. Pero ayer solo queríamos jugar, lo cual supone no tomar nada demasiado en serio. Es el juego manejar la ficción del cómo sí, lo que no es real ni mentira, solo es divertido, te matan, caes trágicamente y luego te levantas y te pones a jugar a otra cosa. Hay que suponer que eso es lo que ocurre verdaderamente, en cuyo caso tenemos un destino divino, aunque no se note. Yo, cuando era niño, tenía un nutrido repertorio de destinos posibles con sus respectivas muertes y jugaba con ellos a ser el personaje o el director teatral. Cuando me cansaba de uno ensayaba otro. Era como un dios jugando a ser humano.
Lo cierto es que, no hace tanto, la infancia era un periodo vulnerable en el que había que crecer y aprender rápido. Con menor expectativa de vida, menos opciones entre las que escoger y menos distracciones, un niño era un adulto pequeñito y sus juegos poco más que un entrenamiento imaginativo de cara a su dedicación futura. Estaban los que iban a deslomarse cara a tierra, a matarse en las guerras y a ausentarse del mundo por la causa divina. Unos trabajaban pronto con sus padres, otros servían y seguían a los soldados en los campos de batalla y desvalijaban los cadáveres de los caídos y los novicios pintarrajeaban las paredes de los monasterios a escondidas entre cántico y cántico. El destino de las niñas era aún más predecible. Acaso los hijos de los mercaderes y de los artesanos podían ser más fantasiosos porque su futuro dependía de más circunstancias.
Este joven Durero ya es el mismo que grabará el “Caballero, la Muerte y el Diablo”, y parece saberlo. Todas sus potencias creadoras ya se manifiestan en él, pero ¿tendrá el tiempo necesario? Ya sabe que puede ser el mejor pintor y hace una profesión de fe. ¿A quién señala el joven ante el espejo, a través del espejo? Seguramente a sí mismo, a Dios y a la muerte. A sí mismo y a Dios pregunta: ¿quién soy yo?; ¿quién eres Tú?; ¿qué quieres de mí? Seguramente es algo que se les pasa por la cabeza a niños de mucho talento, como si tuvieran conciencia repentina de lo que ha de ser, de que Dios ha de contar con ellos por efecto de algún milagro que les preserve para tal fin, a despecho de la muerte que se ceba, a su lado, un día tras otro día en hermanos, padres, familias enteras.
El reconocerse como alguien es saberse inacabado, inacabable y, por tanto, dotado de identidad imperecedera. En cuanto a Dios, se puede encontrarlo, descubrirlo, inventarlo o un poco de todo. El engaño del destino acecha; realmente nos limitamos a hacer siempre lo necesario de acuerdo con lo posible. Entre lo necesario y lo posible escogemos lo que cabe entender como mejor, porque de algún modo tenemos una particular, o no enajenable, capacidad de distanciar uno de otro. Es por ello que, aunque solo haya indiferencia objetivamente, siempre hay un reducto para la libertad y cierta luz.
Cuando la muerte te roza te deja helado y sólo puedes calentarte con fuegos internos en lo sucesivo. El joven Bach se levantaba de noche a descifrar y aprender de memoria los arcanos ocultos en las partituras de Vivaldi, encerradas tras unos barrotes, se haría las mismas preguntas que Durero a su edad, su espejo eran esas notas escritas que iba haciendo suyas, música silenciosa en su mente. Si Dios es favorable, te dejará hacer grandes cosas sin tiempo para pensar en lo que pudo ser. Un divino abrir y cerrar de ojos. Esos jóvenes geniales de antaño, con menos distracciones, hacían más grandes cosas en menos tiempo.
Sin tales gracias nos convertimos sin remedio en el rudo y curtido caballero armado hasta los dientes, forjado en batallas, que avanza con determinación hacia algún destino que tiene a la vista, pareciéndole todo lo demás ajeno. Sabe que tiene el poder de arrinconar a la muerte hasta cierto punto, aunque la muerte tomará otra presa a su lado en venganza, hasta dejarlo solo. Es un poder maldito, ¿merece la pena la causa? Un diablo hace burlas. El caballero concluye que la vida y el mundo no son juegos, él mismo parece haber sido fundido en hierro como soldado adulto, sin infancia. Vemos a diario gente así, también lo dirán de nosotros mismos. Es un batallar inflexible y trágico que tomamos como virtud.
Cabe preguntar si Durero o Bach tuvieron tiempo para jugar alguna vez, aunque no creo que fueran caballeros de hierro. Aquellos que reciben menores dones son los que necesitan mayores virtudes. La capacidad para crear siempre, es un don, es esa misma libertad para cruzar los límites prefijados y que acompaña siempre.
